Archivo de septiembre de 2010

The Elephanta Suite

Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941), uno de los autores contemporáneos de libros de viajes más leído y reconocido, obsequió a sus lectores en 2008 con una nueva entrega de su personal visión del mundo, que es lo que son, en el fondo, los libros de Theroux.

The Elephanta SuiteSobre The Elephanta Suite, que en su título rinde homenaje a una de las suites del Hotel Taj Mahal Palace Mumbai, he leído infinidad de reseñas cuyos autores destacan la capacidad de observación de Theroux, su capacidad de conmover y emocionar al lector, su capacidad de atraparlo en potentes y evocadoras historias…

Hay un argumento que se repite en casi todas ellas: Theroux desnuda en estos tres relatos cortos la realidad de la India contemporánea. Y lo hace, como casi siempre en sus escritos, sin temer ni por un momento decir lo que la mayoría temerían pensar.

Pero hay algo más en The Elephanta Suite. India es el escenario y no escapa en ese sentido al ojo crítico de Theroux, aunque en realidad daría igual otro soporte geográfico para analizar lo que Theroux analiza en su libro: la cantidad de contradicciones y el grado de perversión de las relaciones humanas que implica cierto tipo de turismo..

Como en su momento rezaba la reseña del The Daily Telegraph, “Theroux trata todos sus personajes con pródiga franqueza, ya sean hindúes o americanos”. Apenas ninguno de ellos se salva a su ojos. De tal suerte, The Elephanta Suite, no es sólo una cruda visión de India, es una cruda visión de la forma que adquieren en demasiadas ocasiones los intercambios culturales generados por y para la sociedad de consumo. Los intercambios culturales basados en el prejuicio más que en la curiosidad hacia el otro. Y las relaciones humanas que indagan sobre lo ajeno antes de comprender lo propio.

Por todo ello, la lectura de The Elephanta Suite supera ampliamente la evocación de los tres viajes que relata para incitar al lector a una seria reflexión sobre su propia actitud como viajero y como ser humano.

En definitiva, una lectura muy recomendable, ¡disfrutadla!

The Elephanta Suite está editado en Penguin Books.

Sobre la autora: MarinaMarina Trachta es geógrafa y Responsable de Rutas de Sociedad Geográfica de las Indias. Su conocimiento del país es minucioso, y así nos lo traslada en sus artículos y en su visión de este gran país. Para más información: [Quiénes somos]

Lalita y yo

Tuve el inmenso honor de conocer a Lalita a finales de agosto de 2007.
Tras casi un mes de agotador viaje por Tamil Nadu, Kerala y gran parte de Karnataka, decidí pasar unos días en Goa para reponer fuerzas antes de regresar a España, a la rutina del trabajo y la vida cotidiana.
La playa de Benaulim, durante el monzón, es un paraíso desierto de turistas, donde uno puede perderse en la naturaleza salvaje y el rugir del Mar Arábigo (de aguas turbias, aparentemente calmas, pero con la furia del viento en sus entrañas).

Paseadores de búfalos en la playa de Benaulim, Goa

… Como me temía, inmediatamente llamé la atención; pues una mujer sola, evidentemente extranjera, sentada en la arena, mirando al infinito, no es la estampa cotidiana por esos lares.
Al instante fueron pasando delante de mí los habitantes naturales de la playa: aspirantes a pescadores, jóvenes paseadores de búfalos, amigos cogidos de la mano compartiendo cervezas clandestinas, en definitiva, nadie que me sorprendiera, ni nada que no hubiera visto antes en India. Una sonrisa mía, y un leve saludo con la cabeza, me bastaron para ser aceptada como miembro de tan heterogénea comunidad playera.

Lalita, acompañada por su prima, se acercó a mí con la firme intención de venderme sarongs “de seda”, bangles y tobilleras “de plata”. Cuando mirándoles a los ojos y sonriendo les dije que prefería sentarme con ellas para hablar entre mujeres, aunque por supuesto les compraría, supe que ya tenía mi grupo de amigas en Goa.

Lalita tenía entonces veinticuatro años, cuatro hijos y un marido pescador cuya ocupación habitual era la de tomar cervezas indolentemente en la playa con sus compañeros, mientras ella, como tantas otras mujeres en India, alimentan, visten y sacan adelante la familia con una dignidad apabullantes.
Lalita fue casada a los diecisiete años en su Maharastra natal. Desde su boda, jamás volvió a ver a su madre y sus siete hermanas.
Lalita, su marido, sus cuatro hijos, su prima, y la familia de ésta (tres hijos pequeños) vivían en la playa, en una pequeña chabola de lata y plásticos, situada entre dos hoteles de lujo.

Lalita siempre sonríe y se sentía afortunada porque sus cuatro hijos (el mayor de siete años, y el pequeño de dos) estaban escolarizados en la escuela primaria estatal, donde les proveían de uniformes y material escolar, una bicicleta para poder acudir a clase y una comida completa al día, por lo que ella sólo tenía que preocuparse de poderles dar una taza de té por la mañana y por la noche y, en ocasiones, un plátano extra en su dieta.

Lalita y yo hablamos de todo, en ese lenguaje universal que tenemos las mujeres cuando hablamos con el corazón. Le expliqué cómo era mi vida de mujer sola en Europa, cómo era mi familia. Hablamos de moda, de maquillaje, de cine, de hombres.
Reímos mucho y nos llamábamos hermanas entre nosotras.

Lalita es mujer y no pertenece a casta alguna. Es una Dalit, una paria, una intocable, pese a que la India Constitucional de hoy reconozca nominalmente la igualdad de todos los ciudadanos.

Lalita en la playa de Benaulim, Goa

Lalita me dijo que quería venirse conmigo a Europa. O si no, que me llevara conmigo al pequeño de sus hijos. Le dije que estaría dispuesta a traerla a ella y a su hijo pequeño conmigo, si conseguía el preceptivo visado, a lo que le ayudaría tanto como pudiera.
Le expliqué que en Europa ella podría hacer lo que ella quisiera: podría estudiar, podría trabajar, ir a la Universidad, ser médico, abogado, arquitecto, enfermera, actriz, cantante, lo que ella deseara…
Se quedó pensando un rato, con esos ojos negros tan llenos de luz, y a los pocos minutos me respondió absolutamente convencida que no, que ella sólo quería venirse conmigo, con su hermana mayor, y ser feliz trabajando en casa y cocinando para todos.

Su respuesta fue una revelación para mí, una de las mayores lecciones de humildad que he recibido en mi vida, pues sin querer le había planteado una pregunta bajo premisas absolutamente colonialistas: Occidente queriendo imponer sus criterios a Oriente.

¿Es que yo, que he sido libre desde la cuna para elegir lo que he querido hacer con mi vida, que el ser mujer no me ha supuesto pérdida de libertad o derechos, que he tenido acceso a una educación libre y gratuita, que he tenido una completa asistencia sanitaria, soy más y mejor mujer que Lalita?

¿Es que nuestros niños, hijos de Occidente, son más felices que los hijos de Lalita, que viven libres de convenciones, rodeados de amor, y que se sienten parte orgullosa de su grupo social?

¿Es que puedo plantear a otra mujer una elección partiendo sólo de que mi forma de ver la feminidad y el feminismo es la única válida?

¿Cómo podría juzgar a una mujer que me da una respuesta que lleva implícita siglos de convencimiento y de enseñanzas?

¿Soy yo más libre y más feliz que Lalita?

No, no lo soy, en absoluto. De mujer a mujer, ella me enseñó aquel día que la felicidad no está en las suplir las carencias, que superarse no es nada académico, y que la paz de espíritu sólo viene tras aceptar la propia realidad, el propio karma sea el que sea, siendo consecuentes con el mismo ante toda circunstancia.


Sobre la autora:
Belén García-MartínBelén García-Martín viaja cada año a India, casi siempre en solitario, país que ha recorrido de norte a sur, y de este a oeste, para reencontrarse con viejos amigos, hacer otros nuevos, y lo que más le apasiona: sentir, oler, oír, ver, tocar y vivir en hindi… Para más información: [Quiénes somos]

El arte de comer con las manos

En India todo se vive con los cinco sentidos. La gastronomía no es una excepción. La comida se huele, se saborea y también se toca. Eso sí, siguiendo un protocolo. Los hindúes estrictos sólo pueden tocar la comida con la mano derecha, ya que la izquierda, la “impura”, está reservada al aseo de las de las partes más íntimas de una persona.

Comer con las manos es una costumbre que se considera higiénica, siempre que se haga de la forma correcta, es decir, con las manos limpias y una buena manicura. Las uñas largas se reservan a sadhus (hombres santos) y ascetas.

Thali

Experimenta con un thali
Una buena elección para iniciarse en el placer que supone comer con las manos es el thali. Se trata de una especie de plato combinado regional servido en una bandeja de acero inoxidable o, dependiendo de la zona, en una hoja de banano. Los platos varían en función de la región en la que nos encontremos. La base común es el arroz y el chapati (tortilla india) o roti (pan indio) que suele estar recién cocinado. Algunos de los ingredientes más habituales de un thali vegetariano son el dhal (lentejas), aloo (patatas), paneer (queso), palak (espinacas), gobi (coliflor), etc. También existen las versiones con carne o pescado. El thali se suele completar con una ensalada de cebolla cruda y lima, muy refrescante. Finalmente, el dahi (cuajada) nos ayudará a combatir el picante, que suele ser fuerte.

Pequeños bocados
Según el protocolo hay que llevar a la boca trozos de comida apropiados, sin necesidad de morder los alimentos. Para comer un chapati al estilo indio habrá que trocearlo. Se hará sólo con la mano derecha, concretamente con los dedos pulgar y medio, mientras se aguanta con los dedos anular y meñique. Según la ortodoxia hindú, el dedo índice no debe tocar la comida, ya que es considerado “el dedo sucio de la mano limpia” por utilizarse para señalar o rascarse el oído.
Siguiendo estos consejos, podemos seguir amasando el arroz, los vegetales, y los condimentos hasta formar una especie de bola que empujaremos suavemente hacia la boca con el dedo pulgar. De esta manera, a la vez que medidos la temperatura de los alimentos, tentamos al paladar mediante el tacto.

Feliz digestión
Una vez hayamos terminado de comer lo primero que haremos será volver a lavarnos las manos. Para terminar felizmente la experiencia, y tener una buena digestión, es mejor evitar beber agua después de comer. Es típico que nos sirvan un platito con saunf (anís). Se trata de un buen digestivo que, además, refresca el aliento y evita los cólicos. Que no te sorprenda si lo traen mezclado junto con el cambio de tu cuenta…

Comiendo un thali

Fotos:
- 1ª. Plato de Thali, fuente: http://www.woodlandsusa.com/menu_clt.htm
- 2ª. Fuente: http://blog.chungtech.org/?p=13


Sobre la autora:
NonaNona Rubio es colaboradora de Sociedad Geográfica de las Indias. Le apasiona viajar y nos cuenta historias que hablan de un país inabarcable con el que hay que ser paciente si lo que pretendemos es conocerlo por dentro. Para más información: [Quiénes somos]

Bienvenida a vivir en India

Mi llegada a la India, a Nueva Delhi, fue curiosamente diferente a mi llegada a cualquiera de los otros países donde mi familia y yo hemos vivido antes…
En los otros lugares, todos ellos maravillosos y donde hemos pasado años increíbles, mi aterrizaje estaba lleno de curiosidad, de excitación, de nervios e incertidumbre… pero en ninguno de ellos dejé de sentirme como una extranjera aterrizando por unos años en un país nuevo…

Mi llegada a Delhi fue, por primera vez en 20 años, como llegar a “casa”… eso es lo que sentí durante las primeras horas de nuestra llegada y lo que sigo sintiendo ahora, más de un año después.

Puede parecer absurdo, complicado, incoherente, ¡sí! y seguramente lo será, pero supongo que los sentimientos suelen serlo. Y yo en Delhi sobre todo “siento”. Es el primer verbo que me viene a la cabeza cuando pienso en la India. “Sentir”, más que “hacer”, “trabajar”, “comer”, “visitar” o cualquier otro verbo que pueda describir la cotidianidad de nuestras vidas.

Todo esto no quiere decir que la vida en Delhi sea idílica, metafísica, espiritual o fácil… nada más lejos de la realidad. Simplemente creo que este es un lugar donde se puede, se debe, “sentir la vida” más que simplemente vivirla… Quizás sea porque en la India ¡todo es intenso!

Globos en The Gate of India (Delhi). Foto por Captain Suresh.

Foto: Captain Suresh (Flickr)

Mis primeras horas en Delhi, el camino del aeropuerto al apartamento que habíamos alquilado, fueron más locas e intensas de lo que nunca hubiera podido imaginar. Y eso para mí, personalmente, es el mejor comienzo de una larga aventura…
Delhi me saturó los sentidos de colores radiantes, de olores desconocidos, de ruidos ensordecedores, de imágenes únicas e imposibles… Todo a la vez, todo en unas horas, todo posible y todo imposible, todo nuevo y a la vez inconscientemente conocido.
Delhi es el paraíso de los sentidos, de todos ellos por separado y de todos ellos a la vez… es como tener mil mundos dentro de uno y poderlos contemplar todos en la misma pantalla dividida en pequeños compartimientos…
La sola idea de que esos sentimientos no fueran sólo el espejismo de unas primeras horas de excitación, de nervios, de falta de sueño y de cansancio, sino el adelanto de lo que serían mis próximos años en Delhi, hicieron que por primera vez mi conciencia de extranjera llegando a un país nuevo, desapareciera y me sintiera sumergida en un mundo donde todo es posible.

He de reconocer que mis primeras impresiones, mis primeros sentimientos se reafirman cada día, mezclados todos ellos con una rutina de vida parecida a la de tanta gente en tantos lugares: trabajar, ocuparme de la casa, de las compras, de los niños y sus deberes, de las reuniones en el colegio y de las salidas con amigos… Pero toda esta cotidianidad en Delhi es “especial”, sólo hay que estar atento y cada día, cada minuto dejarse llevar y disfrutar de todo lo nuevo que nos ofrece, sus mujeres vestidas con maravillosos saris paseando por cualquiera de sus calles, sus “tuc-tuc” esquivando a velocidades de vértigo el tráfico rocambolesco, la gente viviendo en sus calles, ajenas a todo lo demás, el lenguaje cifrado de las bocinas de sus miles de coches, las posturas imposibles de los trabajadores del metro mientras duermen la siesta en los cimientos de alguna construcción que nunca se termina, las guirnaldas de azahar que te venden en todos lados, las entradas de sus templos coloreadas con miles de flores naranjas y amarillas…

Postal de Delhi. Foto: profas_vln (Flickr)

Foto: 'profas_vln' (Flickr)

La India puede enloquecer a la gente, es verdad. La India puede desconcertar al viajero, es verdad. La India puede sorprender a sus propios habitantes, es verdad. Pero lo que nunca hará la India será dejarte indiferente…

Este es mi primer artículo en este blog. Intentaré, a partir de ahora, haceros vivir a través de mis ojos la India “del día a día”, intentaré que veáis lo que yo veo desde la ventanilla de mi coche cuando voy a dejar a mis hijos al colegio, que sepáis qué compro o qué comemos, qué hacen mis hijos para divertirse con sus amigos o las películas que son éxito de taquilla en sus cines, qué música escuchan los adolescentes aquí o cómo es un Diwali en familia (equivalente a la Navidad para los hindúes), qué personas me han impresionado profundamente al conocerlas, cómo fue nuestra primera invitación a casa de nuestros vecinos indios, cómo afecta y cómo viven el matrimonio “concertado” mis amigas indias, de qué hablan las chicas cuando se quedan solas sin hombres delante, qué es lo que no debe hacer una mujer al saludar o qué posturas hay que evitar al sentarse porque pueden ser ofensivas, cómo somos percibidos los extranjeros en nuestras relaciones cotidianas, o cómo es mi barrio y hasta la odisea de encontrar una casa.
En definitiva, esas pequeñas cosas que puedan haceros descubrir una nueva forma de percibir la India.

Así que preparaos para vaciar vuestra mente de ideas preconcebidas o de parámetros “occidentales” con los que medir, porque aquí no hay medida ni parámetros que valgan. Aquí hay que empezar de cero y dejarse llevar para poder disfrutar, muchas veces sin comprender, las mil contradicciones de la cultura ¡más antigua del mundo!

Por todo esto, sólo me queda deciros…
¡¡Bienvenidos todos y todas a vivir conmigo en la India!!


Sobre la autora:
María JoséMaría José Morales y su familia viven en India desde 2009. Suele decir que lleva 20 años aprendiendo y que le encanta hacerlo. En este blog ofrece su particular forma de ver las cosas desde dentro, como mujer, española, trabajadora y madre de 3 hijos deseando y dispuesta a hacer de India su nuevo hogar. Para más información: [Quiénes somos]

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