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El día de la Independencia de India según los astrólogos
<< (…) En ninguna parte había de causar tanta consternación la elección de la fecha del 15 de agosto de 1947 para la independencia de la India como en las filas de una corporación que regentaba la vida de millones de hindúes con una tiranía más opresora que la de los ingleses, los jefes del Congreso y los príncipes, todos juntos. Mountbatten había cometido el imperdonable error de anunciar esta fecha sin haber consultado previamente a los representantes del poder oculto más poderoso de la India: los jyotishi, los astrólogos.
Ningún pueblo estaba más sometido que el pueblo indio a su autoridad y a su pretendido conocimiento de las leyes que rigen el Universo. Cada maharajá, cada templo, cada aldea poseía uno o varios jyotishi fijos que reinaban como dictadores sobre la existencia de la comunidad hindú. Su intervención se extendía a todos los campos. Millones de indios no habrían osado jamás emprender un viaje, recibir a un amigo, concluir un contrato, salir de caza, llevar un vestido nuevo, comprar una joya, cortar un bigote, labrar un campo, casar a una hija o, incluso, hacer celebrar unos funerales, sin haber consultado previamente a un astrólogo.
Leyendo el orden y el destino del mundo en sus mapas celestes, los astrólogos se habían arrogado un poder ilimitado. Los niños que declaraban nacidos bajo una mala estrella eran frecuentemente abandonados por sus padres. Algunos hombres elegían suicidarse a la hora en que se les había predicho una conjunción de los planetas particularmente favorable a la transmigración de su alma. Los astrólogos anunciaban qué día de la semana, qué horas del día eran benéficos y cuáles no lo eran. El domingo era un día particularmente nefasto, así como el viernes. Ahora bien, cualquier indio podía descubrir, consultando un simple calendario, que en este año de 1947 el 15 de agosto caía en viernes.
En cuanto la radio anunció la fecha fatídica, los astrólogos de la India entera se pusieron a consultar sus libros. Los de la ciudad santa de Benarés y de varias ciudades del Sur proclamaron inmediatamente que el 15 de agosto de 1947 era un día tan funesto que la India “haría bien en tolerar a los ingleses un día más, antes que arriesgarse a la condenación eterna”.
(…)
La India, como también Nehru y Jinnah, se encontraba colocada aquel día bajo la influencia de Makara, Capricornio, una de cuyas particularidades es profesar una implacable hostilidad a todas las fuerzas centrífugas, por consiguiente, a la Partición [de la India]. Y más alarmante aún, bajo la influencia preponderante de Saturno, el más maléfico de los planetas, el 15 de agosto de 1947 iba a pasar bajo el dominio de Rahu, el nódulo lunar ascendiente llamado “cabeza sin cuerpo”, y todas cuyas manifestaciones (empezando por los eclipses) eran nefastas. Desde las cero horas hasta medianoche del 15 de agosto de 1947, las posiciones de Júpiter y Venus eran igualmente desfavorables, ya que su conjunción con Saturno las situaba durante todo este día en el peor lugar de la bóveda celeste, “en el infierno de la novena casa de Karamsthan”. Como millares de sus colegas, el joven astrólogo levantó la cabeza, espantado por las dimensiones de la tragedia que preveía.
- ¿Qué han hecho? ¿Pero qué han hecho? –exclamó.
Pese al dominio del cuerpo y del espíritu adquiridos por largos años de yoga, de meditación y de prácticas tántricas, el joven perdió el control de sí mismo. Tomando una hoja de papel, redactó un llamamiento al responsable involuntario de esta catástrofe.
“Lord Mountbatten –suplicó-, por el amor de Dios, no conceda la independencia a la India el 15 de agosto de 1947. Si sobrevienen inundaciones, sequías, matanzas y el caos, es porque la India libre habrá nacido un día maldecido por los astros”.
(…)
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Esta noche, la libertad. De Dominique Lapierre y Larry Collins.
¿Por qué los indios son tan limpios pero India está tan sucia?
Es una paradoja. ¿Cómo es que los indios en general son tan limpios e impecables mientras la India es increíblemente sucia?
Según la revista Forbes la India es una de las regiones más sucias del mundo; las dos ciudades más grandes, Delhi y Mumbai, figuran entre las 25 ciudades más sucias del mundo.
Sin embargo es casi imposible impedir que un indio se siente debajo de un grifo cada mañana, tan completa es nuestra fidelidad a los baños y las abluciones. Y justo fuera de sus casas las basuras se van acumulando y se multiplican como si fuera una ley de la naturaleza.
¿Se puede relacionar esta dualidad con la espiritualidad hindú? ¿O debemos buscar la respuesta en “nuestro atraso”?
Antes de buscar la respuesta recordemos que es solamente en el subcontinente indio que la basura se acumula tan espontáneamente en nuestro alrededor (fuera de la puerta, debajo de las ventanas y en el patio trasero). Países como Vietnam, Birmania y Sri Lanka no hacen una exposición de la suciedad como la que hace India. No parece que haya una relación directa entre pobreza y suciedad. Comparado con la India, muchos países pobres del mundo, desde Latinoamérica hasta Asia parecen pintados y bien arreglados.
No es que los hindúes no sepan qué es la suciedad sino que su noción de la suciedad es diferente a la noción moderna u occidental. La antropóloga Mary Douglas dijo que la suciedad simplemente es “la materia fuera de su lugar”. Así, la comida en el plato es como tiene que ser en cualquier lugar pero se convierte en suciedad cuando está en el suelo. Los zapatos en los pies están bien pero puestos encima de una mesa se considera sucio. Los niños americanos no tienen ningún problema en tumbarse en la cama con los zapatos puestos o ponerlos sobre la mesa, lo que sería horroroso para la mayoría de los hindúes.
¿Es entonces una cuestión de cómo los hindúes definen la suciedad o “la materia fuera de su lugar”?
El concepto hindú de la suciedad saca su justificación fundamental de su profundamente arraigada noción de las castas. Según un principio de la casta, todas las sustancias rutinarias que salen del cuerpo , como el sudor, el excremento y la sangre menstrual , son contaminantes incluso para uno mismo.
El pelo también es contaminante y por eso se considera ritualmente apropiada una cabeza rapada.
El papel tradicional del barbero, el lavandero y el basurero eran precisamente absorber los agentes contaminantes para que los miembros de las castas superiores pudieran permanecer ‘limpios’.
Todo lo que se pueda expulsar del cuerpo debe de ser expulsado. Así, el coro de la limpieza de la garganta y la nariz que uno oye cada mañana es porque los hindúes quieren asegurar que sus bronquios y conductos nasales estén impecablemente limpios. Sería poco probable que un hindú no-occidentalizado lleve un pañuelo, porque lo más limpio es sonarse la nariz y dejar volar en el aire los elementos contaminadores, en lugar de llevarlos en el bolsillo. Usar un pañuelo es como reciclar la contaminación y causar daño ritual a sí mismo.
Un pañuelo usado en el bolsillo es sucio, pero no lo es la basura delante de la puerta de la casa. Una vez que estos elementos están fuera de la casa, están en su sitio y por eso ya no se considera suciedad.
Por eso debemos considerar una casa hindú como análogo del cuerpo hindú. La cocina está casi siempre escrupulosamente limpia. Justo como se da tanta importancia a lo que uno ingiere en cuanto a la pureza y la impureza, también es importante lo que entra en la cocina y cómo se colocan las cosas dentro. Es bastante común ver filas de utensilios de acero inoxidable luciendo en la cocina y el suelo bien fregado. Sin embargo, el baño es una parte de la naturaleza que sólo recientemente ha sido domesticado. El cambio de ambiente de la cocina al baño suele ser tan drástico que, a menos que uno haya crecido en este contexto, la transición puede dejarle a uno atontado. De verdad la India asalta los sentidos, pero aquí de otra manera.
Entonces no es que los hindúes no tengan la noción de la suciedad, sino que es diferente de la que existe en el occidente o en los libros de medicina. La mayoría de las personas no nos damos cuenta de que cada civilización tiene su propio entendimiento de la suciedad y el higiene por muy raro que parezca ser a los de fuera.
Pero la noción subcontinental sobre la suciedad contiene un resquicio de esperanza. Por ejemplo nos libera de crisis políticas como las que se cuentan de Nápoles, con huelgas de recogida de basuras. Como la basura no se quitó de la zona napolitana durante semanas, incluso la Unión Europea les ha echó la bronca a las autoridades. Hubo peleas en Sardinia, se cerraron las escuelas e incluso afectó la producción del famoso queso mozarrella.
Algún hindú se divertiría con la política frívola del occidente. Podría pensar, ¿qué tiene que ver la suciedad fuera de la casa con seguir manteniendo una buena vida?
Fuente: Times of India, 29 marzo de 2008. Autor: Dipankar Gupta.
Traducido por Amarjeet Singh, Sociedad Geográfica de las Indias.
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Sobre el autor:
Amarjeet Singh es Coordinador de viaje y guía personal para Sociedad Geográfica de las Indias. Licenciado en Filología Hispánica, es amante de España y la cultura hispánica y un gran humanista interesado en el encuentro entre culturas. Para más información: [Quiénes somos]
Dhobi Ghat, las lavanderías públicas de Mumbai
La primera vez que fui a Dhobi Ghat no tenía ni idea de lo que iba a descubrir. Cuando te cuentan que vas a ver las lavanderías públicas de Mumbai (una ciudad de 14 millones de habitantes) vas más o menos preparado para algo soprendente. Pero una vez allí, quedé literalmente boquiabierto.
Primero su extraño paisaje. Las características hileras de pilas de piedra, los tejados, las cientos de prendas tendidas casi organizadas por colores, el chapotear del agua, las callejuelas serpenteantes, el constante trajín de personas… Un entorno realmente curioso al aire libre, en medio de una gigantesca ciudad.
Luego uno se fija mejor y encuentra detalles. La curiosa forma de sujetar la ropa enrollando las cuerdas (sin pinzas), la limpieza sin jabón (utilizan sosa cáustica) o el hecho de que sólo trabajen hombres.
También se adivina la pulcra organización de las distintas personas que aquí trabajan, la ‘cadena de producción’, los distintos roles y especializaciones de un trabajo con siglos de antigüedad. Quien lava, quien seca la ropa, quien plancha, quien limpia las pilas, quien tiende, quien recoge, quien clasifica y marca cada prenda o quien lleva té a los trabajadores como un malabarista entre la multitud sin derramar una gota.
Quienes aquí trabajan son los dhobi , una casta de lavanderos. Se encuentran entre las más humildes del sistema de castas del hinduismo, ya que son una ‘subcasta’ de los Dalits o ‘intocables’. Son unas 200 personas y viven aquí en familias, generación tras generación, ya que la casta y por extensión el oficio asignado son hereditarias.
La mayor parte de su trabajo es la limpieza de la ropa de hospitales y hoteles de la ciudad, pero también hay muchas empresas que contratan sus servicios para mantener limpios uniformes y otras prendas.
Entretenerse y caminar por entre las calles de Dhobi Ghat significa encontrar cientos de historias diferentes, entre el barro y el agua. Son historias muy alejadas de nuestro modo de vida, nuestros marcos de referencia, nuestras urgencias y prioridades cotidianas. Es un planeta en sí mismo, Dhobi Ghat, habitado por personas que casi nunca salen de aquí y realizan su tarea en turnos, sobreviviendo, y a pesar de todo generosos con el extraño viajero que se encuentra ante ellos, observando y preguntando. Significa encontrar las sonrisas de acogida y la hospitalidad de algunas de las gentes más humildes del planeta.
A continuación, un mini-reportaje de Dhobi Ghat realizado por el canal de televisión Cuatro, cuando visitaron Mumbai acompañados por Sociedad Geográfica de las Indias y nuestro compañero y guía Lalit:
Si no ves el video correctamente pulsa aquí.
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Sobre el autor:
David Martín es colaborador de Sociedad Geográfica de las Indias. Fascinado por India, sus gentes y su diversidad, David colabora con Sociedad Geográfica de las Indias desde 2008, haciéndolo compatible con su trabajo en organizaciones como Unicef o Amnistía Internacional. Con nosotros ha dirigido la estrategia de comunicación y redes sociales hasta 2011 y actualmente colabora aportando una visión humana, transformadora y comprometida, asegurando que un viaje exclusivo y de alta calidad sea compatible con una experiencia enfocada al descubrimiento y el respeto por las personas y las costumbres locales. Para más información: [Quiénes somos]
Placeres cotidianos: ir a la peluquería en India
Cortarse el pelo puede suponer una mera necesidad, una obligación cada cierto tiempo, o incluso un tormento (¡como para mis hijos, por ejemplo!). En general suele dar un poco de pereza: tenemos que buscar el momento oportuno entre las mil cosas de la semana, necesitamos concertar una cita, esperar… Si no fuera por el ratito de lectura extra o de charla con otros/as clientes, el hecho puede resultar de lo más prosaico…
Sin embargo en India, en Delhi en concreto, cortarse el pelo supone no sólo una aventura, sino también un placer y casi un ritual. Y si no, ¡que se lo pregunten a mi marido y a mis hijos, a los que por primera vez en la vida, les encanta ir a la peluquería!
Los motivos son muchos, empezando porque rara vez hay que pedir cita previa, aquí llegas y eres atendido inmediatamente, puesto que en todas las peluquerías, al igual que en casi todos los sitios en este país, siempre hay más trabajadores que clientes.
Esto puede deberse a la “cadena de división del trabajo”, absolutamente necesaria en un país con más de 1.100 millones de habitantes.
Aquí, llegas a una tienda y hay un dependiente que te recibe, otro te pregunta qué buscas, un tercero te enseña los productos, un cuarto te explica su funcionamiento, un quinto te cobra, si quieres factura te la extiende un sexto, otra persona te lleva el producto elegido a casa, y todavía otro más viene más tarde a instalarlo… A esto llamo “cadena de división del trabajo”.
Bueno pues las peluquerías no iban a ser menos, así que tienes nada más llegar, la persona que te recibe, otra que viene a ofrecerte un café o un “chai” (té) cortesía de la casa, otra que lo trae, el peluquero/a que te pregunta qué deseas hacerte, un asistente que mientras contestas te va peinando dulcemente (como reconociendo el tipo de cabello al que van a enfrentarse), luego te pasan a lavado, donde por supuesto hay una persona diferente que te pone el champú y te masajea como indica la tradición india (un buen masaje ¡de los de quedarte dormida, vamos!), otra persona te aclara y una tercera que te pone la toalla y te hace pasar nuevamente a la silla de corte.
Allí vuelve a aparecer la peluquera/o con dos nuevos asistentes, uno que nunca hace nada, sólo mirar (por lo que supongo que es el aprendiz porque a veces acerca el “material” a su jefe) y el segundo peluquero/a, que sostiene el secador del pelo mientras el “experto” le da forma con el cepillo…
Yo personalmente hay veces que me entretengo en mirar el número de manos que rodean mi pequeña cabeza para intentar identificar cuántas personas pululan alrededor de mí…
Bueno, y todo esto es si no pides que a la vez te afeiten, o te hagan una limpieza de cutis, o la manicura y/o pedicura. Si ese es el caso, ¡aquello acaba pareciendo el camarote de los hermanos Marx!
La clasificación de las peluquerías en general son como en España, me refiero a que las tienes de “caballero”, de esas que recuerdan a las de los pueblos pequeños, las de sólo “señoras”, y las unisex. Estas últimas suelen ser las mas modernas, tanto en decoración, uniformes, como en el estilo de sus peinados (“western style” o “estilo occidental”) ¡y por tanto son también las más caras!
Para que os hagáis una idea: un lavado, corte y arreglado para mí en una peluquería unisex sale alrededor de 500 rupias, lo que viene a ser unos 8-9 euros. Eso mismo en la peluquería de caballeros de mi barrio (a la que van mi marido y mis hijos) sale por 100 rupias, o sea menos de 2 euros. Y eso, todo hay que decirlo, porque al ser extranjeros estamos seguros de que incluyen “la propina” en el precio.
Me gusta mucho ver que la cultura de la peluquería en India no es algo reservado exclusivamente a las mujeres. Aquí, muy al contrario, las peluquerías (incluidas las unisex) suelen tener una cantidad de hombres enorme, y no solo cortándose el pelo, muchísimos de ellos haciéndose tratamientos y masajes de cutis y manicura/pedicura…
Aunque por supuesto lo más extendido es el afeitado. Ese afeitado antiguo con mucha espuma y navaja que amenaza la yugular… Para eso ni siquiera hace falta ir a la peluquería, en casi todos los barrios (como el mío) encuentras en alguna esquina, un señorcito en plena calle, delante de un sillón de esos como de dentista que a veces se parece más a una silla de despacho con ruedas y al lado una minúscula mesa donde se acomodan todos los utensilios necesarios para el perfecto afeitado. Ah, y nunca falta un espejito minúsculo colgando de un árbol o de la valla más cercana….
Mi marido no lo había hecho nunca antes, pero sucumbió al afeitado callejero, en parte por curiosidad y en parte por ayudarme a escribir esta historia (¡basada en hechos reales!) y de su parte puedo deciros, que si venís no dejéis de probarlo…
Aparte del miedo inicial que producen tanto la navaja como las risas del afeitador al tener entre sus manos a un extranjero rubio con cara de susto, la cosa se va poniendo interesante cuando el simple hecho de extender la espuma se convierte en el primer masaje espectacular de cara-cuello que recibes.
Si a eso le sumas la destreza en el uso de la navaja y el posterior y final masaje con aceites olorosos (que casi te hace rezar para tus adentros: “que no se termine, por favor”) lo que en un principio pudo parecer una experiencia temeraria, se convierte en un verdadero placer y casi una adicción cotidianos.
Y no hace falta que os diga que, si los masajes de cara y cuello son el no va más, los de cabeza (a veces incluso de hombros y espalda) que te hacen durante las varias fases de lavado, corte y peinado… ¡esos son lo máximo! Yo la ultima vez no pude evitarlo y le dije a Sharon, que es la chica que siempre me corta, “por favor, ¿puedes seguir un poco más?”. ¡Y es que de verdad es una gozada!
Así que ya sabéis, si venís por aquí, los chicos aprovechad para haceros un buen afeitado ya sea callejero o en peluquería de barrio; y las chicas por lo menos probad con un lavado y peinado (el masaje va siempre incluido y la duración dependerá mucho de vuestra simpatía!)
Os dejo, ¡que me voy a la peluuuuuuu…!
Si no el video no se ve correctamente, pulsa aquí.
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Sobre la autora:
María José Morales y su familia viven en India desde 2009. Suele decir que lleva 20 años aprendiendo y que le encanta hacerlo. En este blog ofrece su particular forma de ver las cosas desde dentro, como mujer, española, trabajadora y madre de 3 hijos deseando y dispuesta a hacer de India su nuevo hogar. Para más información: [Quiénes somos]
El negocio de las cremaciones en Varanasi
Hablando sin parar por su ostentoso móvil y vestido con un traje de safari de tejido sintético, Satnayaran Chowdhary parece un ocupadísimo hombre de negocios supervisando su empresa familiar. Su trabajo es nada menos que manejar el mundialmente famoso crematorio de Manikarnika Ghat, en Varanasi.
Los murmullos de protesta sobre la extorsión que se practica en el ghat crematorio que regenta dejan a Chowdhary bastante indiferente:
“Es un impuesto que la gente ha pagado desde los tiempos puránicos (védicos). Tara, la mujer del rey Harishchandra, tuvo que rompers su sari para pagar por los servicios prestados. Entonces, ¿por qué nos quejamos ahora?”, se defiende.
Pero Chowdhary, como comerciante, se ofende por las acusaciones de extorsión en un ghat donde las familias pagan por las exequias dependiendo de su nivel económico, entre 1.000 y 100.000 rupias (entre 16 euros y 1.700 euros, aproximadamente).
Una compleja red se pone en marcha el momento en que un cadáver llega al ghat. En unos minutos se prepara un dossier sobre el difunto y la familia. Se pone a disposición de los gestores desde el árbol genealógico hasta la cuenta bancaria. Se exploran las posibilidades para establecer un precio y se establecen las primeras negociaciones.
Los ricos pagan con gusto. De hecho, antiguamente había familias que incluso legaron propiedades.
“Incluso hoy en día los hombres de negocios son buenos pagadores y donan más de 25.000 rupias (unos 430€)” dice Sanjay Verma, un tendero que acompañó hoy una de las procesiones.
“Es todo voluntario”, insiste Chowdhary, que prácticamente ha crecido entre las piras funerarias.
“Supervisar el enorme trabajo en este ghat, que recibe entre 60 y 100 difuntos en un día, tiene su costo y requiere mucha habilidad directiva”, nos dice. Solamente el consumo diario de leña es de entre 3.000 y 5.000 Kilos.
“Durante la ola de calor de 1.995 la llegada diaria de difuntos llegó a 250 cadáveres. Era una situación difícil y se necesitaba a la vez tacto y firmeza para asegurar que todo fuera bien”, recuerda mientras vigila a los trabajadores del ghat y a un grupo de extranjeros que han pagado por visitar este lugar. Es la hora punta de la mañana y hay por los menos seis piras ardiendo y cinco a punto de apagarse.
“No es una vida muy fascinante”, dice sombrío Chowdhary. Dice que afrontar la campaña de calumnias es parte de su profesión, y que además él no es el único que manda: hay por lo menos unos 500, todos descendientes del Domraj (su antepasado y gobernador de la ciudad).
Pero las acusaciones son serias. “Ni siquiera perdonan a los más pobres”, afirma Kamal Patel, un empresario de Varanasi que asegura que hay que pagar un precio muy elevado para cualquier detalle en el crematorio, desde la leña hasta los rituales.
Lo más costoso es usar la Llama Eterna para prender fuego a la pira, ya que en Manikarnika no se utilizan las cerillas. Se dice que la Llama Eterna fue prendida por Dios Shiva en persona.
El enorme y sombrío crematorio cobra mucha vida una vez al año, en mayo, cuando las prostitutas enjoyadas y engalanadas vienen a Manikarnika para bailar hasta el amanecer, manteniendo viva una tradición con 500 años de angüedad.
“Para alquien como yo, más acostumbrado a oir lamentos, y últimamente protestas, la música puede impresionar a veces”, nos confia Chowdhary.
“No es fácil hacer lo que yo hago”, se lamenta, mirando hacia el cielo. No es dificil creerle.
Fuente: Times of India, 10 de septiembre de 2009. Autores: Manjari Mishra y Binay Singh.
Traducido por Amarjeet Singh, Sociedad Geográfica de las Indias.
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Sobre el autor:
Amarjeet Singh es Coordinador de viaje y guía personal para Sociedad Geográfica de las Indias. Licenciado en Filología Hispánica, es amante de España y la cultura hispánica y un gran humanista interesado en el encuentro entre culturas. Para más información: [Quiénes somos]
Dabbawallas, tradición y eficiencia
Las estaciones de tren en India no son para pusilánimes, y menos las de las grandes urbes. Inaugurado en 1853, el sistema ferroviario del Mumbai es complejísimo. A primera hora de la mañana el espectáculo está garantizado en todas las estaciones de la gran urbe. Pero son los dabbawallas (literalmente “hombre que lleva una caja cilíndrica con comida”) los pasajeros más numerosos y famosos de los trenes mumbaitís.
Su origen se remonta a la época colonial, pues los británicos, a quienes no solía gustarles la deliciosa y especiada cocina hindú, inventaron un nuevo concepto culinario: el tiffin, almuerzo ligero que combinaba la comida británica más insulsa, con bocados indios. Pese a su origen europeo, el tiffin es hoy genuinamente indio, designando la gran variedad de platos que constituyen el típico almuerzo nacional, así como el recipiente metálico y cilíndrico que los contiene.
Con cerca de 20.000 personas por km², Mumbai es la ciudad más densamente poblada de la India, con un endiablado volumen de tráfico, razón por la que nadie que trabaje en la ciudad puede regresar a casa a almorzar, ya que las distancias son enormes y el transporte caótico. Del ingenio y la necesidad nació el oficio de dabbawalla, pues una gran mayoría de oficinistas, empresarios, profesionales y hombres de negocios prefieren contratar el servicio de elaboración diaria y envío al lugar de trabajo, de sus comidas en tarteras metálicas, antes que tener que salir y pagar en un restaurante.
El concepto es muy simple y genial: dos horas después de que millones de personas lleguen a sus oficinas del centro de Mumbai a las ocho de la mañana, los dabbawallas hacen su aparición. Pero para llegar a este punto, previamente otros dabbawallas han recogido de casas particulares o -como ocurre comúnmente hoy- de las grandes empresas de servicios especializadas en catering, situadas en la amplia zona metropolitana de la ciudad, todos y cada uno de los tiffin a repartir. De ahí, una vez etiquetados y organizados, suben a los trenes (generalmente en vagones destinados específicamente a ellos) y llegan al centro de Mumbai, donde entregan sus pedidos a los dabbawallas locales que los repartirán en cada oficina.
Cada caja de comida, cada tiffin, lleva su código. Así el comerciante de diamantes jainista, vegetariano, comerá sus lentejas sin ajo y cebolla (condimentos prohibidos por su religión); el tendero bengalí amante del pescado, sus gambas con chile; y el ejecutivo gujaratí, que está a dieta, almorzará sus verduras al vapor.
Más tarde, el mismo dabbawalla recogerá de las oficinas las cajas de comida vacías, y se las volverá a llevar al lugar de origen… Y todo sin “tecnología moderna”, salvo la posibilidad de reserva y encargo vía SMS o página web, sin tablas informáticas, sólo con códigos que memorizan y con ágiles músculos con los que transportan las bandejas, tamaño ataúd, llenas de cajas de comida.
Un ejemplo de código sería D9MC3, donde D es la estación de Datar, el punto de origen; 9, Nariman Point -distrito financiero de Mumbai-; MC, Mafatlal Center, y 3, la tercera planta.
Pero lo más sorprendente de este oficio de repartidor -que sirve de ejemplo personificado de ingenio y eficacia económica- es que ha sido admirado por personalidades como el Príncipe Carlos de Inglaterra o por Sir Richard Branson (propietario de VIRGIN), o incluso estudiado por la Escuela Empresarial de Harvard. Además. Y han sido distinguidos por Forbes Global con una puntuación de SEIS SIGMA (es decir: ¡un error por cada seis millones de transacciones!).
Estos hombres, unos cinco mil en total, hacen sus rutas en tren y bicicleta con su distintiva indumentaria -kurtas blancos y gorros estilo Nehru, que les sirve de potente símbolo de identificación en las masificadas estaciones de tren, y cuyo olvido acarrea la imposición de una multa de 25 Rupias- para trasegar, diariamente, unas 200.000 cajas de comida a las oficinas.
La mayoría de ellos son analfabetos, no sabiendo siquiera firmar, y pese a la creciente atención mediática internacional y su experiencia centenaria, cada dabbawalla no cobra más de 5.000 Rupias mensuales (cerca de 81 €).
Los dabbawallas realizan alrededor de cien millones de transacciones al mes, siendo el tiempo total que tardan en recoger los tiffin y repartirlos, de tres horas como máximo. El coste del servicio oscila entre las 250 – 350 Rupias mensuales (entre 4 y 5 €).
Cada dabbawalla sólo libra un día por semana, y son extremadamente disciplinados. A título de ejemplo, el consumo de alcohol durante el servicio conlleva una multa de 1.000 Rupias, al igual que el absentismo laboral injustificado. No existen criterios de selección específicos a la hora de contratar dabbawallas (como religión, sexo o edad), sin embargo, jamás he visto una mujer dabbawalla…
Estos hombres son el mejor ejemplo de eficiencia, tradición, genio creativo y adaptación a toda circunstancia y época, personificando lo que India es hoy, y forman parte esencial del paisaje diario de mi frenético Mumbai, lleno de color, olor y sonido.
…Por todo ello sólo os pediría que siempre que os encontréis con un dabbawalla, le sonriáis y admiréis lo que su oficio significa y ha significado a lo largo de décadas.
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Sobre la autora:
Belén García-Martín viaja cada año a India, casi siempre en solitario, país que ha recorrido de norte a sur, y de este a oeste, para reencontrarse con viejos amigos, hacer otros nuevos, y lo que más le apasiona: sentir, oler, oír, ver, tocar y vivir en hindi… Para más información: [Quiénes somos]
Sari, el vestido con más de 5.000 años de antigüedad
Aunque las mujeres indias actuales optaron hace tiempo por el estilo “punjabi” (pantalón con túnica larga), el sari sigue siendo el vestido nacional por excelencia.
La popular prenda femenina, que ya era vestida con gracia por las diosas védicas, sigue siendo, 5.000 años más tarde, una seña de identidad que comparten millones de mujeres en India. Desde abogadas a estrellas de cine, pasando por las castas más pobres, el sari, que no es otra cosa que un trozo de tela de 1 metro de ancho por 6 de largo, no entiende de distinciones.
Pero vestir un sari no es cualquier cosa. No basta con saber colocarlo. Hay que saber desenvolverse con él en cualquier situación cotidiana, ya sea lavando la ropa en la orilla de un río o detrás de una mesa de despacho. En eso, las mujeres indias son las expertas. No en vano, existe un dicho popular que afirma que “nunca una mujer occidental podrá vestir el sari con la elegancia propia de la indias”.
Las piezas de un sari
El sari es un trozo de tela rectangular que acostumbra a medir alrededor de 1 metro de ancho por unos 6 de largo. La mayoría están fabricados en algodón o seda, aunque también los hay sintéticos. Suelen ser de colores vivos. El sari se viste con una blusa ajustada llamada choli que deja el vientre al descubierto, y con una falda o enagua de algodón llamada petikot que, además de servir para que no transparente el sari, ayuda a sujetar los plieges de éste.
El color del sari puede revelar la posición social de quien lo lleva o incluso la ocasión para la que se viste. Por ejemplo, mientras el color rojo es propio de las novias, el blanco queda reservado al luto de las viudas.
Cómo colocar un sari
El sari puede ser vestido de distintas formas, algunas de ellas requieren una tela de una forma o longitud concretas. Un sari se puede lucir al estilo bengalí, gujaratí, maratí, dravida, madisara, kodagu, gond o tribal. Pero, sin duda, el estilo más popular es el “nivi”, originario de la región de Andhra Pradesh, en el sureste de India.
El primer paso es meter el borde del sari por la cintura de la enagua, para después unirlo en pliegues justo delante del ombligo. La parte superior de los pliegues también se sujeta por la cintura de la enagua. El extremo que queda suelto es denominado pallu o pallav. Éste se cruza diagonalmente por delante del torso, desde la cadera derecha hacia el hombro izquierdo, con lo que el estómago es parcialmente visible. El ombligo puede quedar oculto o a la vista en función de la preferencia de la portadora. El pallu puede quedar colgando o ser usado para cubrir la cabeza, pasándolo por el hombro derecho.
En este video se muestra cómo hacerlo:
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Sobre la autora:
Nona Rubio es colaboradora de Sociedad Geográfica de las Indias. Le apasiona viajar y nos cuenta historias que hablan de un país inabarcable con el que hay que ser paciente si lo que pretendemos es conocerlo por dentro. Para más información: [Quiénes somos]



















